El amor que se fue con el humo

La tos persistente de su abuelo lo despertaba constantemente. Sabía del dolor que le producían en sus pulmones cuando expectoraba. Sin embargo, se levantaba y acudía a su habitación. La verdad es que nada podía hacer. La enfermedad de su abuelo estaba muy avanzada. Su nieto lo apreciaba muchísimo. A pesar de su enfermedad el anciano estaba pendiente de él. Antes de llegar de la universidad se paraba en el balcón a esperarlo. Lo recibía con ese indiscutible amor paternal. Tal vez si su abuelo no hubiera fumado tanto, su vejez sería tranquila.

Le dio el fuerte abrazo como siempre lo hacía. Pudo percibir que la respiración era cada día más difícil. Todos en el hogar le devolvían el amor que siempre les prodigaba. Nunca lo habían dejado solo en este trance.

Hijo cómo te ha ido en la universidad---preguntó su abuelo.

Muy bien abuelito—contestó el joven.

Recuerda hijo, a nadie debes recibir ni un cigarrillo. Yo soy un fiel espejo de lo que sucede. Mírame en lo que me he convertido. Solo por no escuchar cuando en la prensa, la radio o la televisión hablaban de los efectos que tiene el cigarrillo. Hoy leía en la prensa que el tabaco mata a seis millones de personas al año. Par el 2030 la cifra aumentará hasta ocho millones de personas anuales. ---aclaro el abuelo.

El joven acercándose a él contestó: Pero abuelo hay muchas formas de sobrellevar la enfermedad como por ejemplo el consumo de ajo en las comidas diarias, seguir con las caminatas cortas que hacemos. Seguir muy juicioso el tratamiento médico. Finalizó el joven.

El abuelo se sentó de nuevo en el sofá. ---Este muchacho es un gran hombre.

Muchas veces ha dejado de asistir a clases con el fin de acompañarme a mis tratamientos. Me ha demostrado todo su amor con esas acciones. Mi obstinación por el tabaco me ha colocado en una situación crítica. –pensó el anciano.

Su madre lo despertó tocando la puerta con precipitad .Abrió los ojos y le preguntó ¿qué pasa mamá?

Es tu abuelo, es tu abuelo, por DIOS.

Salió de la cama como pudo. Fue directamente a la habitación del anciano. Entró y lo miró con su rostro pálido y desencajado. Sus ojos cerrados.

Amigos y familia los acompañaron a las honras fúnebres. Recibieron los saludos de solidaridad. Regresar a la casa fue lo más difícil. Los recuerdos llegaban a sus mentes. Cada conversación con el abuelo siempre fue ilustrativa. Su franqueza, su sonrisa, sus chistes, nunca morirían.

En el andén que conducía a su salón, un chico le pasó un cigarrillo. Lo miró, se lo regresó y sentenció: Jamás me haré amigo de aquello que mató a mi abuelo. Nunca fumaré el veneno que me quitó a la persona que más amé en mi vida.