El exsacerdote católico, su esposa y su bebé

Imaginaba que la noticia de su embarazo alegraría solo a su esposo. No entendía por qué sus padres no aceptaban al padre de su hijo. Lo más lógico sería que tampoco quisieran a su bebe. La felicidad fue inmensa cuando en el consultorio el médico le entregó esa noticia. Lo comparaba algo así como ganarse el premio mayor de una lotería. No importa los inconvenientes que haya, -se dijo- mi hijo es una gran bendición.

Lo primero que hizo, fue hablar con su esposo. Al otro lado de la línea se escuchó el grito de alegría. Esas expresiones también la llenaban de euforia.

Tú sabes cuánto he anhelado ser papá. Empezaremos por arreglar su cuarto, haremos la decoración. Pensaremos en su ropita. - –pronunció el esposo—-

¿Y a mis padres? ---preguntó ella---

Ellos también deben saber lo de tu embarazo. Tal vez no se alegren sobre todo por las diferencias que tienen conmigo, pero también debemos enterarlos. ----Dijo él…Tranquilízate. Piensa en que un día ellos comprenderán.

Eso la había enamorado de su esposo. Esa capacidad de tolerancia, esa actitud tan conciliadora y esos actos de nobleza de él.

Sus padres nunca habían estado de acuerdo con esa relación. Fue tanto que en diversas oportunidades su papá lo enfrentó, pero él haciendo gala de su caballerosidad le decía: yo me casé con su hija porque la amo. No importa lo que usted piense de mí. Ella es la mujer, después de mi madre, que más he amado en el mundo.

De esa manera desarmaba a su padre. Obviamente esas actitudes también la enamoraron a ella.

Fue a casa de sus padres. Tomaran las cosas como las tomaran estaba en su deber de informarles, pues fuese como fuese la había cuidado, protegido educado, además con su ejemplo le habían enseñado la importancia de los valores familiares.

En casa les dijo: Estoy en embarazo. Ellos guardaron un silencio. A ella le pareció toda una eternidad.

Su padre respondió: Tú sabes que nunca hemos estado de acuerdo con tu matrimonio. Había sido mejor otro hombre y no un exsacerdote católico. Va en contra de nuestros principios, hija.

Sé que ese ha sido el inconveniente para aceptarlo en la familia, pero papá, yo lo amo y es el padre de mi hijo.

Las puertas para ti en esta casa están abiertas, pero para tu esposo no.---concluyó su padre.

Lo conoció en la universidad cuando fue celebra una eucaristía en la capilla de la institución. Desde el primer momento se gustaron y de allí en adelante empezaron a salir juntos. La enamoró sus detalles, el respeto con que él la trataba. Luego pidió a las autoridades eclesiásticas la reducción al estado laical, para así contraer matrimonio. La familia de este joven también se opuso, pero él con gallardía enfrentó la situación. Tomó la decisión y se casó con la mujer que amaba.

Los dos, tomados de la mano, llegaban consultorio médico. Muy atentos escuchaban cuando al doctor cuando les indicaba la importancia de hacer caminatas cortas, alimentarse muy bien, asistir al control periódico de su EPS, pues allí encontraría las indicaciones para que su embarazo transcurriera en la normalidad debida.

El día del nacimiento de su bebé aparecieron en la clínica las familias de los dos. Pero fue momento hermoso porque ese niño trajo reconciliación y perdón. Cada uno quería tomar en sus brazos al recién nacido.

El abuelo materno quien en un principio había sido el más renuente, se acercó a su yerno y a su hija y con voz entrecortada les argumentó: No. no podía apartarme de este acontecimiento tan trascendental para la familia. El nacimiento de mi nieto es lo más bello que me ha podido suceder.

Abrazó a su hija y tomó las manos de su yerno como signo de perdón, de paso cargó a su nieto lo besó dejando ver que la nobleza por más que se trate de esconder, siempre terminará apareciendo para impulsar el amor a la vida.