EL HOMBRE QUE NO ENTREGÓ SUS PULMONES

Su casa siempre es el sitio donde mejor la pasaba. Su esposa y sus hijos salían a recibirlo. Después del duro trabajo de agricultura y llegar a su casa era la mejor recompensa. Respiraba profundo cuando ingresa a su casa. No importaba lo difícil de su actividad diaria, mientras las fuerzas no lo abandonaran continuaría cultivando su pequeña finca, heredada de sus padres. Sembraba café, yuca, plátano, cítricos. Su esposa cuidaba el jardín que embellecía su casa. Los vecinos le decían que tenía una mano prodigiosa. Les agradecía siempre con una sonrisa.

 

Notó que estaba adelgazando, porque las camisas y lo pantalones le empezaban a quedar grandes. Tal vez por la pérdida del apetito, se dijo.

 

La gripa con esa tos persistente le molestaba a cada momento, principalmente, en la noche cuando se asfixiaba. El sudor de su cuerpo le mortificaba. Era como si estuviera frente a un horno.

 

A los treinta días el dolor en el pecho era más fuerte. Expectoraba con sangre. En el rostro de su esposa se notaba la angustia.

 

---Vamos de inmediato al médico---dijo su esposa.

 

---Puede ser una ulcera, eso se puede tratar con remedios caseros—Anunció el agricultor.

 

----No, esto no es de remedios caseros. Esto es algo muy serio. Sólo el médico nos puede sacar de dudas---Sentenció la señora.

 

---Es tuberculosis lo que usted tiene, señor---Advirtió el galeno.

 

Sintió como si el suelo se le hubiese abierto en dos. La sorpresa fue mayúscula para los dos.

 

El doctor retomando la palabra—anunció--: Los exámenes nos indican que la enfermedad está en sus inicios. Afortunadamente, el descubrimiento se ha hecho a tiempo. Los síntomas que ha presentado fueron confirmados por los resultados de los exámenes.

 

--Ahora qué debo hacer—preguntó el agricultor.

 

---Estará usted aislado para evitar contagió hacia su familia, lo trataremos con medicamentos, su alimentación será sana y balanceada---Contestó el doctor.

 

La esposa pasó su mano sobre sus hombros de su esposo brindándole su apoyo irrestricto e incondicional.

 

¿Le dirás a los niños lo que me sucede? ---preguntó el esposo.

 

Tranquilízate, yo me encargo de eso. Ellos te aman y comprenderán. ---dijo la esposa.

 

La época de encierro forzado había terminado. El juicio y la colaboración del paciente habían hecho que el tratamiento concluyera con éxito.

 

Se paró debajo de los frondosos árboles que le brindaban sombra a su casa. Cerró los ojos, aspiró suavemente el aire como queriendo abrazar lo que le rodeaba y se dijo así mismo : Cuidaré mis pulmones como a la niña de mis ojos.